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PRESIÓN Y ESTRÉS

El estrés es una respuesta de nuestro organismo ante factores de agresión fisiológicos y psicológicos y ante emociones que requieren por nuestra parte una adaptación inmediata.

Existen por tanto múltiples desencadenantes del estrés ya que así son leídas por nuestro organismo todas las situaciones de peligro, urgencia, presión… y, si bien los procesos fisiológicos que desencadena son iguales, cada individuo va a reaccionar a su manera, según su interpretación de la vida. No tiene las mismas consecuencias interpretar la vida como un lugar peligroso que me obliga a luchar constantemente (lucha diaria) o como un juego creativo lleno de sorpresas, desafíos y relaciones estimulantes.

Pero veamos que sucede ante una situación de peligro, urgencia o presión, es decir, una situación de estrés:

En nuestro cerebro existe una glándula, la amígdala, que se encarga desde el inicio de la evolución de llevar un registro de las situaciones peligrosas. En caso de agresión, la amígdala detecta el peligro y libera una respuesta automática. En un primer momento, esta automatización no nos deja siquiera libres de pensar. No tenemos que preocuparnos de nada: reaccionamos ante el peligro. Al mismo tiempo, la información es captada por el córtex, la parte del cerebro que piensa. Aquí la situación es analizada y podremos, en un segundo tiempo, actuar y ejercer el control de la misma. Dicho sea de paso, ese control sería a su vez discutible, al menos al principio. En resumen, en un primer tiempo intervienen procesos inconscientes y sólo en segunda instancia interviene el consciente. Por tanto, podríamos decir que los procesos inconscientes tienen prioridad sobre los conscientes. O, lo que es lo mismo, para el cerebro es más importante sobrevivir que pensar.

Ante el estrés, el cerebro libera de modo inmediato la hormona ACTH que activa las glándulas suprarrenales. Ellas a su vez producen adrenalina, cortisol, aldosterona, entre otras hormonas, que modifican el funcionamiento del cuerpo. La frecuencia cardíaca aumenta así como la presión arterial para poder bombear una mayor cantidad de sangre. Se agudizan la vista y el oído. La respiración se hace más rápida y superficial (lo cual afecta a la mente). Aumenta el tono muscular para poder reaccionar con rapidez. La digestión se hace más lenta para no distraer la energía requerida para la respuesta. El hígado transforma rápidamente el glucógeno en glucosa para disponer de energía.

Se activa por tanto un sistema de adaptación del cuerpo ante el peligro, que prepara el organismo para protegerse mediante el ataque o la huida. ¡Estamos alerta! Suena bien y parece un sistema bien adaptado para superar en un momento dado los límites habituales, alcanzar el objetivo y por tanto mejorar la situación.

Todo esto está muy bien si el ataque es real porque mediante la respuesta física gastamos estos aportes extraordinarios que produce el cuerpo.

Pero ¿qué ocurre si el dinosaurio sólo existe en mi cabeza? ¡Lo mismo! Y ¿qué ocurre si mi cerebro no diferencia un bocinazo del rugido de un león? ¡Lo mismo! ¿Y si vivo en perpetua tensión y urgencia? ¡Lo mismo! Pero no puedo empezar a correr gritando como un loco porque me hayan agredido con una idea, un bocinazo o un clima de amenaza y tensión psicológica. Y los aportes extraordinarios se quedan en mi organismo donde se convierten en toxinas que van a tener serias consecuencias a nivel físico y psíquico.

Para explicar los signos físicos del estrés se suele emplear una comparación en términos de ingeniería. Según la “Ley de la elasticidad” de Hooke, la aplicación de una carga produce cambios en el metal. Esta carga, o exigencia, recibe el nombre de “estrés” y la deformación resultante se conoce como “tensión”. Estos dos términos se suelen emplear para describir lo que se siente cuando las exigencias impuestas resultan exageradas.

La ley de Hooke afirma que si la tensión causada por el estrés está dentro de los límites de “elasticidad” del material, éste volverá a su estado original cuando desaparezca el estrés. Pero si la tensión fuerza el material hasta que supera estos límites, el resultado será una serie de alteraciones permanentes.

Cuando esta ley se aplica a los seres humanos, el estrés es la exigencia externa que se puede tolerar solamente hasta cierto punto sin que el cuerpo sufra perjuicio alguno. También puede utilizarse para ejemplificar el diferente grado de tolerancia que presentan los individuos ante estímulos estresantes. Al igual que los materiales, las personas tienen distintos límites de “elasticidad”.

En caso de estrés crónico, aparecen síntomas que debemos atender: dolor de cabeza, dolor de cuello, dolor de espalda, alteraciones de la digestión y del apetito, pulso acelerado, tensión arterial, palpitaciones, opresión en el pecho, irritabilidad, falta de concentración, menor rendimiento, alteraciones del sueño, del apetito sexual, sensación de soledad, dificultad para tomar decisiones, diálogo interno negativo, sensación de frustración e impotencia, de pérdida de control sobre la vida propia, pudiendo llegar a la depresión.

Bueno es saber que la Organización Mundial de la Salud preve que de aquí a 15 años, la depresión será, por delante de las enfermedades cardio-vasculares, la principal causa de enfermedad en nuestra sociedad.

¿Qué podemos hacer?

Siempre podemos “descargar adrenalina”, en el gimnasio, en deportes de riesgo, con un enfado a tiempo… Funciona. Pero seguimos dando la misma respuesta que hemos tenido desde tiempos immemoriales: atacar o huir = descargar.

Pero también podemos utilizar otros métodos que tienen una gran eficacia y efectos duraderos:

  • Podemos reflexionar sobre nuestra vida, nuestras conductas, motivaciones, emociones, objetivos, prioridades…. para poder adoptar respuestas diferentes.Podemos aprender a reparar el daño que el estrés inflige: desde el cuerpo físico, la respiración y nuestros recursos psíquicos.
  • Podemos, con técnicas sencillas, desbloquear la energía física, revitalizar el cuerpo y la mente con la ayuda de la respiración, reequilibrar todo el sistema con nuestra energía más sutil ligada a planos superiores de conciencia donde encontramos alegría, paz, silencio, belleza, y la energía más poderosa de todas: el amor.

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  • ~ Mercedes Rodríguez

    Sin imagen"He recibido el curso de "Las emociones: Un lenguaje" y quiero compartir mi experiencia. Me dedico a la educación desde hace muchos, muchos años, he asistido a varios cursos interesantes sobre educación emocional, inteligencia emocional,… que creía, hasta ahora, novedosos, pero éste ha sido, además, revolucionario. No es un curso duro sino tranquilizador y amable. Animo a todo el mundo a que lo haga. Gracias, Sylvie, por ponérmelo en el camino.

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